Flavio (nombres, 5)

mayo 3, 2009 at 11:22 (Uncategorized)

Flavio es un nombre que nunca usé. Es el nombre de un amigo que vivía -y tal vez aún viva- a dos tres cuadras de mi casa.

Debo confesarlo: tras sus ojos azules fui más de una vez, e innecesariamente, a la particular, con Mirta, justo a la vuelta de donde vivo. No hacía falta, pero igual iba, sólo para mirarlo un rato. Nunca hablamos.

Fuimos compañeros en tercer año, nos hicimos amigos. Un sábado a la tarde me fui de mi casa -y me fui a su casa, que por algo quedaba a tres cuadras.

Pasaron muchos años. Una mañana vino a dejar una bicicleta por un rato, luego pasó a buscarla. Luego desapareció -como desaparecen las cosas en Alta Córdoba: porque se van lejos, porque se desvanecen, porque se las lleva el agua o porque siguen en su lugar, invisibles, justo al lado.

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¿y qué hacen ellos, a esta hora?

mayo 3, 2009 at 10:59 (Uncategorized)

Conversan sobre la marcha del mundo, la cotización del bolsón canino, la astuta malicia de los gatos, la improbable teología política de los mosquitos, la indiferencia atroz del tortugo (“y pensábamos que era un caballero, ¡un caballero!”), las pocas pulgas de algunos perros y las muchas pulgas de otros y, en general, sobre la existencia de todos aquellos que, como bien definía la enciclopedia china, “de lejos parecen moscas”.

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claudio (nombres, 4)

mayo 3, 2009 at 10:45 (Uncategorized)

 

Cuando tenía 16 años, y vivía en esta misma casa, me llamaba Claudio. Mentira: me hacía llamar Claudio, por algunas personas y en algunas circunstancias. Había quienes sabían de ese nombre, pero lo sabían -y lo guardaban- como un dato de esos que no se articulan con la realidad. Flavio y Susana sabían que algunas tardes y algunas noches me esforzaba por encontrar y a veces hasta encontraba quién me dijera Claudio.

El procedimiento era sencillo, y lo descubrí antes, incluso, de descubrir que tenía algo que ver conmigo. Llamaba a una radio y pedía un tema. A veces hasta lo dedicaba. Cuando me pedían un nombre, yo decía: Claudio. Y luego escuchaba ese nombre, nombrándome a mí, objetivado en la voz de alguien que, sin conocerme, me suponía un adolescente de 16 años del otro lado de la radio.

Bajo ese nombre supe de qué se trataría el deseo para mí -un hombre en la palabra nocturna de otro hombre. Bajo ese nombre también conocí la locura de mi padre, la soberbia de mi médico, el peligro de vivir rodeado de treinta adolescentes queriéndose hetero y cisexuales, las noches en la clínica del niño y una veintena de violaciones a lo largo de los años.   Como él yo  también duermo abrazado a un cuchillo y sé, qué duda cabe, que soy un cuchillo.

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Mauro (nombres, 2 y también 3)

mayo 3, 2009 at 01:13 (Uncategorized)

Mauricio Sirizcman

Mauricio Sirizcman

Uno de los primeros recuerdos que tengo de la casa en la que vivo es la de una pared cubierta de fotografías. Me acuerdo perfectamente de esas fotos, y de sus marcos, y de su disposición en la pared. Eran las fotos de mis primos y primas, colgadas en la casa de mis abuelos maternos.

Para cuando yo nací -en 1971- todas mis primas habían nacido, y casi todos mis primos. Yo era casi el menor -porque sólo había uno menor que yo. Mauricio.

Cuando era chico pensaba a veces en lo paradójico de las relaciones. Su papá era el mayor de los hermanos de mi madre, y sus hermanos eran los mayores de todos mis primos, pero él era el menor de todos, menor aún que yo. Mi madre era la menor de todos sus hermanos.

Casi no conocí a su familia -y su familia casi no conoció a la mía. Vivían en otra ciudad y nos visitábamos francamente poco. Como a mi único primo paterno, casi de mi edad, a este otro primo tampoco tuve la oportunidad de conocerlo. No sé quién es, qué hace, qué recuerda. Pero sé que uso un nombre en el que resuena el suyo -lo que es decir, también, el nombre de otro.

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José (nombres, 1)

mayo 3, 2009 at 01:02 (Uncategorized)

Antes que nada, el número: la cosa de los nombres será larga.

Mi abuelo se llamaba José, y había nacido el 1 de mayo. Yo también me llamé José -pero sólo un tiempo, y para alguien. El se llamaba Luis, yo me llamaba José, y en tiempos sin internet y sin celular hablábamos todos los martes por teléfono, después de las once de la noche. Yo le escribía cartas a máquina, además y él me escribió una, a mano.  Yo lo amaba, como es obvio, y él pensaba que yo era un chico que se llamaba José y que vivía en barrio Santa Ana. 

Nunca fui a su casa, ni él vino a la mía. Nunca fuimos amigos, nunca fuimos amantes; no usé ese nombre para nadie más. A veces me pasa por el cuerpo, como un estremecimiento o un suspiro, enredado con la memoria de su voz. 

(Cuando me llamaba José yo no era de tauro, sino de leo y Luis me decía: José, cómo se nota que sos de leo!)

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luis, adiós

abril 30, 2009 at 20:28 (Uncategorized)

 

Casi no tengo recuerdos suyos, como no sea el de su adquirida capacidad para el diagnóstico temprano.

Crecí en la historia de una pelea: mi padre no se hablaba con su cuñada, o algo por el estilo. Crecí sin conocerlos a ellos, sin conocer a mi primo. Me acuerdo de una mujer y de un chico de mi edad, rubio, que desayunaba con ella en el comedor de su casa. Era el día en el que mi familia y yo nos mudábamos, justamente, a esa casa.

Mi tío, aún antes de ser tocado por el rayo, siempre aparecía cuando había alguien enfermo. Cada vez que desperté de una cirugía me encontré con mi tío, sentado, amable, solícito. Tal vez venía una segunda vez y, luego, ninguna más. Así pasó con cada cirugía y con cada enfermedad: con las de todos.

Mi hermana y yo fuimos muchos años después a su casa. Nos quiso dar algo, y nos regaló un gallo de piedra transparente que estaba en una repisa.

Conocí, una vez, en Buenos Aires, a una prima suya que fue su novia.

Mi tío paterno murió esta semana. Pintaba gatos cuando era chico, y yo los miraba en el papel, mucho tiempo después,  fascinado.

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taumaturgo

abril 30, 2009 at 20:13 (Uncategorized)

La historia es más o menos así:  mi tío paterno estaba en una iglesia -católica y chilena- una tarde de tormenta; posó su mano sobre un objeto que no recuerdo y, entonces, cayó un rayo. Algo ocurrió entre la caída y el contacto: la taumaturgia. Mi tío decía haber adquirido un cierto poder de curar, y digo cierto porque, en realidad, no curaba: más bien mandaba al médico. El poder curador de mi tío no se distinguía, por lo demás, de la forma habitual del judaísmo en mi familia -una suerte de preocupación combinada entre el qué habrá para comer mañana y el qué me dirá el médico pasado mañana. Como sea, volvió de esa experiencia convencido de que la curación era lo suyo -lo cual llevaría a otra historia, si pudiera ser contada: la de una cola de empleados municipales esperando que mi tío los mirara, los tocara y les dijera de qué creía él que estaban o podrían estar enfermos.

Una vez, estando mi tío y mi padre en Buenos Aires, se encontraron a la salida de una sinagoga. Mi tío se acercó al rabino y comenzó a contarle acerca dela iglesia,  de la tormenta y del rayo; de la mano que tocó una cosa y aprendió a curar, en cierto modo. El rabino se quedó en el asunto aquel de la iglesia, y no lo dejó continuar, al grito de “renegado, renegado!”. Mi padre espiaba, al parecer, escondido detrás de un árbol.

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meses

abril 30, 2009 at 13:55 (Uncategorized)

Meses sin escribir en este sitio. Meses entrando y saliendo por la misma puerta, que ahora es otra. Tiene un cartel que dice VENDE en rojo. O en verde. No lo miro mucho, pero ahí está. No será esta la casa donde dudemos del carácter performativo de la prótesis, cualquiera sea su color.

 

En estos meses pasaron cosas, muchas cosas. Me fui a Belem. Me fui a Los Angeles. Me fui a Ginebra. Volví todas las veces y la casa seguía igual, con el cartel en la puerta. Llamó una prima y quiso comprarla, pero el precio le pareció demasiado alto. Tras ella apareció su familia, ligeramente consternada -¿cómo será posible que no sea posible comprarnos tan barato? Un domingo a la siesta salí a comprar una coca cola light y me encontré a tres hombres “podando” el árbol de la puerta. Nadie vino, excepto un ingeniero agrónomo de la municipalidad que llegó un mes después y constató el daño.

 

¿De qué sirve tanta cosa, tanto viaje y tanto libro, tanta amiga y tanto amigo, de qué sirve tener una casa entera si nada ni nadie puede defender un árbol?

 

 

 

el fin del mundo  

 

 

 

 

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hombres

diciembre 25, 2008 at 14:11 (Uncategorized)

La gente suele pensar que cambiar el sexo en el que o con el que uno vive es, sobre todo, una cuestión biotecnológica. La gente no lo dice así, pero dice que el asunto se trata, basicamente, de cirugías y hormonas. De cirugías, más que nada: “¿te operaste?” “¿te vas a operar?” “¿querés operarte?”. Etcétera. 

En todos los años que llevo diciendo que soy un tipo nadie, pero nadie, me ha preguntado, siquiera una o media vez, cómo uno hace uno para vivir como alguien que nunca fue. ¿Cómo se empieza a ser un tipo en la adolescencia o en la adultez?

Hay una respuesta sencilla y tonta a la pregunta -se puede aducir, por ejemplo, que el tipo en cuestión “siempre estuvo ahí“, y que por lo tanto sólo se tratata de “dejarlo salir” (let him be). Bueno, no es cierto -al menos en mi caso no es cierto. Si es cierto que durante muchos años soñé con ser un hombre como mi abuelo José -alto, rubio, comunista y jugador de ajedrez, pero cuando me decidí a vivir como un hombre resulté más bien parecido a mí mismo, lo que es decir, petiso, gordito, ojeroso, aburrido de la izquierda hasta el sopor y mal jugador de cualquier cosa, incluido el ajedrez. Y aún quedaba un problema, el problema: lograr que el gordito ojeroso en cuestión funcionara en el mundo como un tipo… y de todos los posibles, ¿cuál?

Convengamos que las opciones nunca fueron demasiadas. Descartada la cuestión de la altura -o, mejor dicho, reservada sólo para el chat- daría la impresión de que el resto es modelito. No seré yo quien desmienta la centralidad de ese resto -la vida entera se juega en el modelito- pero hay algo que la ropa puesta no resuelve: quién es el tipo en el que se encarna.  Peor aún: qué es ese tipo en el que, por suerte o por desgracia, uno se convierte.

modelito

modelito

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la cuestión

diciembre 23, 2008 at 23:10 (Uncategorized)

En estos días la cuestión no es el ruido sin barreras, y ni siquiera es el maltrato cotidiano. No son las dificultades de lo que ha de venir -se trate de quedarse o se trate de irse. La cuestión es escribir. Cómo escribir. Cómo hacerle espacio a la escritura entre el ruido y el maltrato, el polvillo y la grasa, la basura y la basura, las decisiones de antes, las de ahora y las de después. O mejor: ¿cómo hacerle espacio en la escritura la golpe de las mazas y de las puertas, cómo convertirla en un golpe que dice algo -un golpe que algo dice, por escrito?juans-227

El dibujo es de Juan -www.juanmanuelburgos.blogspot.com

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